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Ex–paña

José Bau 29 septiembre, 2014 1

Y no me estoy refiriendo a la serie de artículos dominicales dedicado a la ruina que ha dejado en España la maniobra interesada pero poco pensada de parar la construcción. Sino a hechos de actualidad que motivan el que hoy abandone la línea habitual del blog y os traiga un nuevo off-topic.
Me refiero al hecho de que, A menos que Don Tancredo Rajoy haga algo en contra de su habitual costumbre, España está rota.
Sí. No es el resultado en sí del referéndum lo que importa, no, lo que importa es que una pequeña parte de españoles ha sido convocada a decidir por todos los españoles. Pues esa, y no otra es la trampa del separatismo.
Se quieren compara con Escocia, pese a que allí haya perdido el sí, aunque en el fondo son dos situaciones muy distintas: Escocia fu una región independiente durante la dominación romana, de hecho el muro de Adriano marca prácticamente la separación entre Escocia e Inglaterra. Pero para continuar la unificación parlamentaria establecida en 1707 con el acta de Unión daba a los escoceses la posibilidad, en un futuro de separarse de la Unión. Posibilidad legal que, de hecho no tienen los galeses e irlandeses cuya incorporación a Gran Bretaña ha sido más por conflicto bélico que por unión política, e incluso cuando se ha dado ese caso el derecho a una secesión pacifica no se estableció.
En el caso de España la herencia común romana, y la época de gobierno independiente godo unificado, llevó siempre a todos los reyes nacidos de la lucha frente al invasor musulmán a considerarse “reyes de España”, los fueran de Asturias, Galicia, León, Castilla, Portugal o Aragón. Sí Reino de Aragón y no corona catalano-nada.
En el juego de alianzas múltiples y dobles y triples lealtades establecida en la edad media, los nobles de la antigua Septimania, conocido entonces como Lange d’Oc u Occitania, y que hoy día podemos aproximar a la actual Provenza, eran a la vez tributarios del rey de Francia, que consideraba el territorio como suyo por la herencia recibida desde Carlomagno, y vasallos del rey de Aragón mientras que los condes catalanes (Barcelona, Berga, Besalú, Cerdaña, Conflent, Ampurias, Gerona, Manresa, Osona, Pallars, Ribagorza, Rosellón y Urgell) eran un conjunto de complicadas alianzas y vasallajes entre sí, y todos ellos con el rey de Francia, derivados de la época en que dichos condados eran la Marca Hispánica del Imperio Carolingio. La unión dinástica del Conde de Barcelona (y señor también de otras cuatro condados más) y el Rey de Aragón llevó a que en la práctica la mayoría, sino todos, ellos se comportasen como territorio aragonés y pagasen tributos a los reyes de Aragón. Como vemos lo de saltarse las leyes no viene de ahora. Con esta unión dinastica Desde Alfonso II de Aragón (fruto del matrimonio de Petronila, reina de Aragón, y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona) hasta Jaime I y por espacio de tres reyes y medio el reino es único aunque se mantiene la ambigua situación de las dobles lealtades. Situación que se cancela con el tratado de Corbeil, entre Jaime I y Luis de Francia, por el cual el primero renunciaba a las lealtades y pretensiones ultrapirenaicas y el segundo a los derechos de lealtad heredados de Carlomagno en beneficio del primero. Con ello los condes de este lado de los pirineos debían lealtad y vasallaje al rey de Aragón y no al de Francia, lealtad que rápidamente y como de costumbre se apresuraron a traicionar. Fueron las disensiones de la corona con los nobles menores (pues los cinco condados de mayor importancia económica y estratégica eran propiedad de la corona) las que llevaron a Jaime 1 a constituir en reinos independientes (y en cierto modo burgueses) las nuevas conquistas de Aragón: Valencia y Baleares, otorgando a estos cortes diferenciadas de las de Aragón y manteniendo los usos y costumbres. Esta situación se mantuvo hasta que tras la guerra de sucesión ganada por los Borbones Felipe V impuso los usos franceses y unificó todas las cortes de Castilla y Aragón en una sola. Pero en ningún momento de la historia de España han existido derechos de ningún territorio a separarse pacíficamente del resto, partiendo la nación y sin que toda esta tenga derecho a decidir.
Pues sí, ese es el hecho más llamativo y tiránico de lo que el nacionalismo catalán impone por la vía de los hechos: que lo que ellos reclaman para sí nos lo niegan a los demás.



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